Éste es el monasterio Atumashi, junto con un detalle de su decoración:
Después visité un bonito monasterio de madera de teca, el Shwenandaw. Al llegar ya me esperaba un niño para venderme flores de ofrenda:
Uno de los muchos relieves que hay en las paredes exteriores:
Tejados llenos de pináculos y adornos casi góticos:
La comida de ese día: curry de pez mantequilla, buenísimo. Y la cerveza, de barril:
Templo Kuthodaw, una gran estupa dorada en el medio rodeada de los sempiternos templetes blancos:
De camino a la colina está este Buda señalando a la ciudad:
El templo en la cima de la colina presentaba bonitos corredores:
El atardecer desde la colina:
El cuadro eléctrico del bar donde me tomé la última cerveza del día no era precisamente tecnología punta:
A la mañana siguiente atravesé un mercado callejero de fruta y verdura. En una de las fotos se pueden ver las vías del tren, por las del fondo pasó uno, pocos minutos después:
Después volví a pasar por delante de la entrada a la colina con sus dos enormes leones guardianes:
Del Kyawtawgyi me quedo con las columnas adornadas con espejos y cristales. También me llamó mucho la atención el arte con que hacen flores de papel, igual de válidas a la hora de hacer ofrendas que las naturales:
Por último me quedaba por visitar el Kuthodaw, con lo cual hacía uso exhaustivo del ticket comprado el primer día. Unas mujeres lo abandonaban justo cuando yo llegaba:
Los habituales templetes blancos, y ornamentos en rojo y dorado:
En este tramo me precedían unos niños monjes:
Mandalay también tiene su Torre del Reloj:
Al sur de la ciudad está este bonito templo construido con madera de teca que visité solito:
Después visité el templo Mahamuni, cuyo Buda es adorado por monjes, hombres y mujeres distribuidos en filas por este orden. Las fotos muestran las galerías de acceso, los pabellones que rodean el templo y el Buda de la discordia:
Estas últimas imagenes corresponden al puente sobre el canal que cruza la ciudad y al atardecer sobre dicho canal:
Si la puesta de sol del día anterior se había deslucido un poco por las nubes y la calima, el amanecer del día en que cogí el barco para el trayecto fluvial a Bagan desde el embarcadero, fue brillante:
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